Quién diría que una onda sonora se transformaría en el comienzo de la materia,
en el inicio de la energía,
en el principio de todo.
No fue un encanto,
ni una aberrante hechicería.
Estos solo intentarían imitar, de manera inútil y profana,
la magnificencia de ese sonido.
¿En qué momento nos alejamos de ese recuerdo?
¿Cuándo dejé de sentirte?
Lentamente, ese eco se volvió parte de la cotidianidad.
Y aunque sabía que estabas en todo,
me pregunté por el origen,
como si alguien me hablara de frente
y yo simplemente lo ignorara.
Entonces nacieron muchas preguntas
en el vientre de onda, en el antinodo,
ese regalo tuyo ubicado en lo profundo de la mente.
Preguntas comparables a las definiciones de la luz y la oscuridad:
la luz, forma de energía perceptible para el ojo humano;
la oscuridad, simplemente tu ausencia.
No creaste el mal;
él solo representa lo que ocurre cuando no estás.
Y un día lo entendí:
la luz echó fuera la oscuridad,
así como el amor echó fuera al pecado.
Entonces escuché la más hermosa melodía:
una interpretación de la materia y la energía,
un canto nacido de cada eco de tu voz.
Era el sonido mismo de una alabanza.
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